por Francisco Martínez-Concha, Departamento Ingeniería Civil de la Universidad de Chile y socio Sochitran
Hace algunos años, en el Workshop Urbanics de 2010, Geoffrey West presentó evidencia empírica de un conjunto de ciudades del mundo que, para mi sorpresa, mostraba que siguen una ley universal respecto de su población (N): la ley de potencia y=N^β [1]. Lo curioso, si se quiere, es que el factor de potencia era mayor que la unidad (β>1) en aquellos índices socioeconómicos agregados de la ciudad (y), p. ej., salarios, producción intelectual, valor del suelo. Esto se denomina una ley superlineal, es decir 1+1>2: dos personas juntas o comunicadas, producen más que ellas mismas separadas e independientes. Más interesante aún es la propia existencia de una ley universal, para toda ciudad, independiente de su edad, localización, geografía y cultura. De ser cierta, pensé, cuestiona el ideal del libre albedrío de la humanidad, porque nuestras desiguales culturas no obstan para que, inevitablemente, nos comportemos de manera muy similar, al menos en el agregado de la sociedad.
Me propuse probar si nuestros modelos de comportamiento basados en la utilidad aleatoria la cumplen, p. ej., el logit, concluyendo que, bajo ciertos supuestos, de suyo interesantes, sí lo hacen. El supuesto fundamental de la prueba es que somos seres racionales (bastante aceptado) con información imperfecta sobre las opciones de nuestras decisiones, lo que deriva en una utilidad aleatoria. Notar que esto es, en teoría, diferente del supuesto clásico de McFadden, que asume que la aleatoriedad proviene de la imperfecta información del observador (o del modelador), mientras que la información es perfecta para el consumidor. El desarrollo es materia de un libro [2], en el que discuto el concepto de ciencia urbana y la derivación de la ley universal.
Para los planificadores urbanos esto tiene consecuencias importantes. La ley de potencia constituye una fuerza “gravitacional urbana” que siempre atrae más población, porque puede producir más per cápita a mayor población, lo cual las personas perciben como mayores salarios y más y mejores oportunidades de trabajo, estudio, etc. Esta fuerza centrípeta haría que, en el extremo, toda la población de un país residiera en una sola ciudad, pero la geografía tiene riquezas naturales distribuidas espacialmente (minería, agricultura, pesca, etc.), lo que opera al revés y dispersa la población por el territorio.
También hay efectos negativos con el crecimiento, como el aumento del valor del suelo y de la vivienda, que se compensa (en parte) con mayores salarios, así como congestión vehicular y mayores distancias de viaje que consumen el tiempo escaso.
Para la planificación urbana, las fuerzas centrípeta y centrífuga, los beneficios y costos para los residentes, constituyen un problema complejo. El problema principal es ignorar esa complejidad e intentar mejorar la calidad de vida con medidas parciales o locales, sin considerar que los efectos sistémicos pueden provocar impactos no deseados en otros lugares o subsistemas; se requiere una planificación integral y estratégica. Un ejemplo clásico es la regulación que limita el crecimiento geográfico, que induce mayor densidad, pero aumenta el valor del suelo y reduce el acceso a la vivienda, un problema crítico a nivel mundial. El mayor valor del suelo no es homogéneo, se acentúa en barrios más acomodados y en sectores comerciales, generando un proceso de segregación espacial por nivel de ingreso que es agudo en un mercado de suelo urbano con población muy desigual en ingresos, lo que también tiende a aumentar la distancia de los viajes frecuentes, especialmente al trabajo. La mayor densidad también tiende a reducir las distancias de viaje, pero a costa de aumentar la congestión vehicular especialmente en las áreas céntricas. En fin, controlar el radio urbano tiene pros y contras muy significativos en la calidad de vida.
Lo anterior nos lleva a una pregunta obvia: ¿cuál es entonces una ciudad ideal, de tamaño óptimo espacial y en población? La intuición suele idealizar una ciudad de tamaño medio, a la europea: densas y no muy pobladas, a diferencia de las ciudades de América. La realidad es que las ciudades del mundo se expanden espacialmente, aunque a tasas muy diferentes, menores en países más desarrollados [3]. Santiago se ha expandido en población y tamaño a tasa variable, pero desde 1940 con densidad más o menos constante, entre 85 y 96 hab/ha, siguiendo los ciclos de liberación del suelo urbanizable [4]. Así, es notable que aún bajo restricción de expansión, la mancha urbana y la población crecen, lo que muestra la fuerza de la ley gravitacional urbana.
Una alternativa a regular expansión física serían políticas de economía urbana, es decir, interviniendo el mercado del suelo mediante una combinación bien diseñada de subsidios e impuestos al valor del suelo. Utilizando modelos matemáticos, podemos simular políticas que permiten alcanzar diversas ciudades objetivo, p. ej., con baja segregación socio espacial, tiempos de viaje reducidos o mayor resiliencia frente a riesgos naturales.
De hecho, dada una configuración del uso del suelo que se considere óptima o deseable, se puede diseñar un conjunto de subsidios e impuestos diferenciadamente por actividad y localización, que conduzca la ciudad actual hacia aquella deseada.
En suma, la ciencia urbana tiene mucho que ofrecer para entender la complejidad de los sistemas urbanos y mejorar nuestras ciudades, sus modelos constituyen ya herramientas avanzadas y disponibles que han aumentado su capacidad de análisis y predicción, de la mano con el acceso a mejores y más datos, el incremento en la capacidad de cómputo y la ayuda de la inteligencia artificial. Chile es particularmente avanzado en estas herramientas, es tiempo de usarlas en planificación.
[1] West G. (2018). Scale: The Universal Laws of Growth, Innovation, Sustainability, and the Pace of Life in Organisms, Cities, Economies, and Companies. Pinguin Pub.
[2] Martínez-Concha F. (2018). Microeconomic Modeling in Urban Science. Elsevier.
[3] Seto KC, Fragkias M, Güneralp B, Reilly MK. (2011). A meta-analysis of global urban land expansion. PLoS One, 6(8)
[4] Petermann A (2006) ¿Quién extendió a Santiago? Una breve historia del límite urbano, 1953-1994. En: Santiago. Dónde estamos y hacia dónde vamos. Capítulo 8. Eure 32(97), 113-117.